Prólogo de Enrique Vargas. Fundador y Director del Teatro de los Sentidos.

Una conversación se clarifica mucho más por lo que no dice que por lo que dice. Por los silencios entre una palabra y otra, que por las palabras en sí mismas.

Las palabras normalmente sirven más para ocultar, para aparentar o para agredir y raramente para comunicar.

Generalmente el escritor usa las palabras más para esconderse que para revelarse. Las palabras son las peores enemigas del escritor. Su fuerza está en su silencio. El trabajo del escritor se centra la lucha permanente con las palabras para no dejarse engañar por sus falsas pretensiones ni aplastar por su peso.

En este contexto la lucha está en el poder de lo inefable.

Es así como todo texto esconde un enigma más o menos voluntario, pero está claro que la espontaneidad no se improvisa.

Es el caso de J. Palacios que en esta fábula mítica de SUROS cuenta la historia de los Suros y de los humanos, de lo perfecto y lo imperfecto, proponiendole al lector un juego para que haga parte de esta lucha. 

Todo depende del espacio de respiro que se le deje al lector. De los silencios que encuentre en su camino. El peligro es que pierda la perspectiva si se toma su historia muy literalmente, porque en ese caso se convierte en víctima de su propio invento.

 

¿Como podríamos escribir nuestra propia historia para que esta a su vez no nos escriba a nosotros? Y como podríamos evitar ser literalizados por la misma. ¿Como hacer para que el texto no se vuelva ideología y nos aplaste en su literalidad? Aquí el autor no solamente está arriesgando lo todo si no creando un espacio para que nosotros también lo hagamos. 

jAVIER pALACIOS fENECH

 

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